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La política no debe relegarse

La política no debe relegarse

Vivimos los días más complejos desde que la pandemia del COVID-19 llegó a nuestro país. Con una tasa promedio del orden de 3 mil contagios diarios y más de 40 muertes en cada jornada durante los últimos días, el sistema hospitalario de atención padece la dura realidad de no dar abasto en la entrega del servicio. Los manuales de ética dejaron de ser normativos y se volcaron a la práctica, el “dejar morir” y el “hacer vivir” están sobre la mesa. Los días más difíciles están por venir. En este contexto, nacen preguntas y cuestionamientos que nos llevan a la instalación de debates políticos necesarios para ir perfilando los tiempos futuros.

La coyuntura crítica que atravesamos nos invita, desde luego, al diálogo y a la colaboración de unos con otros para cuidarnos, pero también, nos exhorta a identificar oportunidades de cambio y transformación de lo que algún día conocimos como “normal”, en todo orden de cosas. Desde lo micro, que está ligado a lo cotidiano, hasta lo macro, referido a nuestra visión de país.

La gestión de la pandemia por parte del Gobierno tributa de manera incesante la ideología, abandonando el pragmatismo que exige la crisis sanitaria. Así, el oficialismo no claudica en la defensa del “viejo régimen” y lo han hecho carne sin ambages en cada una de las vocerías. Las lógicas neoliberales, donde el mercado prepondera en las soluciones políticas y el Estado está relegado a lógicas de “rescate” o de “soporte”, pero no robustecido como “garante de”, siguen siendo custodiadas por el Ejecutivo.

De este modo, si bien el “sentido de urgencia” está actualmente puesto en la administración y superación de la crisis del Coronavirus, sumada a sus externalidades económicas y sociales, con la misma prioridad no podemos perder de vista el fin mayor: la construcción de un proyecto transformador, comunitarista y de inspiración progresista. Uno popular, que tome en cuenta las reales necesidades de la población, que se vieron más expuestas que nunca, tras el estallido del 18 de octubre.

No son tiempos donde la política tenga que replegarse de manera servil, sino todo lo contrario. Es, precisamente, en momentos de crisis donde la política tiene que ser protagonista en su despliegue más performativo. Ahora es el momento en el que la política tiene que ofrecer soluciones, porque de ella depende el bienestar de la población.

La gestión de la pandemia por parte del Gobierno tributa de manera incesante la ideología, abandonando el pragmatismo que exige la crisis sanitaria. Así, el oficialismo no claudica en la defensa del “viejo régimen” y lo han hecho carne sin ambages en cada una de las vocerías. Las lógicas neoliberales, donde el mercado prepondera en las soluciones políticas y el Estado está relegado a lógicas de “rescate” o de “soporte”, pero no robustecido como “garante de”, siguen siendo custodiadas por el Ejecutivo.

En un escenario en donde la “tradición” está en cuestión, la oposición tiene un desafío modernizador de cara a la población: disputar cada espacio de poder a partir de la elaboración de un proyecto convergente que canalice el sentir ciudadano.

No solo es un desafío modernizador porque impugna a lo tradicional, sino también porque viene a sellar, desde las ideas, una transición que quedó inconclusa con la existencia de ciertos enclaves autoritarios. En esta línea, esta convergencia debe plantear soluciones a cuestiones que son urgentes y estructurales, no tan solo en materia de políticas, sino también en lógica de resignificar lo político.

Estamos de acuerdo, nadie quiere que el Gobierno fracase en el tratamiento de la pandemia. No obstante, si bien el diálogo debe existir, no son tiempos de comparsa ni consenso, ¡son tiempos de disputa!

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