Nacional

Sesenta y cinco años del CRUCH y su rol de interlocutor independiente

Sesenta y cinco años del CRUCH y su rol de interlocutor independiente

Recientemente, el Consejo de Rectores de las Universidades Chilenas (CRUCH) cumplió 65 años de trayectoria.

En este tiempo, el CRUCH ha cumplido los roles que le asigna la ley, en el sentido de desempeñar un rol de coordinación del sistema de universidades que pertenecen al mismo, y de asesorar al Ministerio de Educación respecto de las propuestas de políticas públicas.

Sin embargo, el rol más sustantivo y significativo del Consejo es ser un interlocutor de las políticas públicas en educación superior, pero también de ciencia, tecnología e innovación. Este rol lo desempeña desde su condición de independencia respecto del Gobierno y de otro tipo de corporaciones y, en consecuencia, por ser un órgano autónomo, tiene esa condición y esa ventaja de ser un interlocutor independiente.

La independencia del CRUCH se debe a su carácter representativo de diversas tradiciones intelectuales y culturales presentes en el país, puesto que a través de sus instituciones, el Consejo de Rectores recoge esas inveteradas tradiciones de la cultura y del pensamiento, que en la historia de Chile han jugado un rol determinante. Me refiero a la tradición cristiana, representada por las universidades católicas, pero también a la tradición liberal y modernizadora que impulsó el Estado con la creación de la Universidad de Chile en la primera mitad del siglo XIX y, luego, con el surgimiento de las otras universidades estatales. También se expresan en el Consejo de Rectores esas otras fuerzas provenientes de la sociedad civil que dieron origen a universidades como la de Concepción, Austral de Chile y Federico Santa María. A esa misma tradición se incorpora hoy la Universidad Diego Portales, que se ha integrado recientemente al Consejo de Rectores.

Ahora, con una mirada de futuro, el Consejo de Rectores debiera proponerse como desafío estratégico ampliar su capacidad de impacto e influencia sobre el sistema cultural del país, es decir, que sus instituciones jueguen un rol más relevante, no solo en la formación de profesionales y en el desarrollo de la investigación científica, sino también en la producción de ideas para una esfera de deliberación, pública y social, más ilustrada, con más diversidad y pluralidad en los enfoques, en las aproximaciones intelectuales, de modo de enriquecer el desarrollo institucional del país, a partir de su misión, misión que es intelectual, formadora y cultural.

Finalmente, la contribución al desarrollo de las instituciones debe traducirse en el fortalecimiento, en la consolidación del Estado de Derecho y de una constante transformación hacia una sociedad con más democracia política, social y cultural.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.